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¨No pego, no empujo, no jalo”…

¨No pego, no empujo, no jalo”…

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¡¡¡Mamá al Extremo!!! por Pamela Salinas Parra
¨No pego, no empujo, no jalo”…Hace tiempo fuimos a una clase abierta de español, inglés y música, cuando mi hijo mayor tenía tres años. Estuvimos hora y media viendo cómo se desempeñaba en cada área. Para estos menesteres su grupo fue dividido en dos, mientras unos hacían español, otros tomaban clase de inglés con los papás de cada niño como público.

Hasta ahí todo era armonía, cada niño con su individualidad y sus avances personales, unos más que otros, pero todos lograban con éxito las tareas encomendadas por sus maestras.

La clase de música fue otro cantar, literal. Para esta clase se juntó todo el grupo en el salón de usos múltiples. Desde el principio se notó que la maestra apenas y los contenía. Ella daba instrucciones y pos el que entendió, entendió. Ella tocaba su guitarra, ponía la música y a ratos los nenes hacían caso y a ratos no.

El problema no era sólo la falta de autoridad, sino las consecuencias de esa situación: por un lado los nenes se aburren la mitad de la clase; y por otro, los niños no pelan la música y, aquí viene lo grave, comienzan con “juegos” físicos “rudos”, por decir lo menos.

Particularmente hubo un nene que comenzó a caerles encima a sus compañeros mientras jugaban algo como perros, gatos y ratones (ahora bien, ¿por qué jugaban eso en música? no lo sé, pero eso es harina de otro costal). Tal vez parezca yo una madre loca e histérica porque su hijo fue uno de los chicos que recibió en su espalda el peso del compañerito “rudo”, pero el punto es que ni mi hijo no fue el único niño jalado ni era la primera vez que eso sucedía.

Aquí señalo que al comenzar la actividad, la maestra se limitó a decir “recuerden, no nos encimamos en nuestros compañeros y no nos empujamos” y ¡punto! Lo dijo y quién lo escuchó, lo escuchó.

El asunto es que mientras el nene “rudo” le hacía esto a varios compañeros, ¡la maestra simplemente estaba en lo suyo! Ni siquiera se tomó la molestia de separarlo o de recordarle la instrucción inicial de “no caemos encima de los compañeros”, vamos, lo miró, puso cara de “no entiende” y, otra vez, literal, volteó para otro lado.

Ahora bien, para mi está clarísimo que no fue actitud de un día, el mismo nene, trajo a mi hijo asoleado casi una semana hace como un mes. Y no es que lo golpeara diario, no. Le quitaba la silla, el material de trabajo y cuando podía lo empujaba. Mi hijo que no es ningún debilucho, acabó llorando más de un día, pues él sabe que está prohibido agredir físicamente. Sabe que si lo hace, bajo cualquier circunstancia, habrá una consecuencia negativa. Sabe desde ya que la violencia no se combate con violencia.

E, insisto, no es sólo con mi hijo. Unas semana antes fuimos a la escuela porque a Mat le tocaba exponer sobre los animales de corral: gallo, gallina y pollitos. Mientras la maestra ponía el mural que hicimos M y yo, el mismo nene que hoy se tiraba encima de sus compañeros, en esa ocasión agarró a una compañera por el cuello y la zangoloteó unos segundos. Como en ese caso la compañerita resultó ser físicamente más grande que el “rudo”, se lo sacó de encima en menos de un minuto. La maestra de espaldas a esta escena, ni por enterada se dio.

Cada vez más y en todas las escuelas, en todos los niveles y en todos los estratos, escuchamos sobre el temido bullying, algunas escuelas han tomado medidas, y otras dicen que no pueden. Se hacen campañas en los canales infantiles sobre no agredir, no burlarse, no molestar. Pero también hay quienes dice que eso ha pasado siempre y que pues para que nos quejamos, que ahora que se sabe todo en las redes y que vemos a niños ricos que se pelean nos asustamos. No, a mi no me asustan los niños ricos peleándose, me asusta la sociedad que lo permite y lo ve como “algo natural en esa época de la vida”.

Al ver a este chiquito de tres años, más-menos, buscando nada más a quién le caía encima, en lugar de hacer la actividad, me puse a pensar: ¿en qué momento las mamás y los papás creen que deben decirle a sus hijos “no molestes ni agredas a los demás”? Porque en algún momento vi a la mamá tomando fotos y muerta de risa con las “rudezas” de su nene.

¿En qué momento a maestros, mamás, papás y cualquier persona responsable a cargo de un niño les parece que “ahora sí, hay que poner límites”? Estoy de acuerdo con que a cierta edad los chicos son bruscos y su motricidad no está ciento por ciento desarrollada como para que puedan medir fuerza o velocidad en sus juegos y actividades diarias. Eso es una parte natural del desarrollo y se llaman accidentes. Molestar constantemente a los compañeros y que a los papás les parezca gracioso o sin importancia es lo que me parece grave.

Si a los tres años celebramos sus “rudezas”, ¿cómo decirles a los 8, 9 10, 11 y más años que “eso está mal”? Lo más dramático de la historia es que los chicos no son los únicos culpables de ese comportamiento y a los tres años ¡mucho menos! Pero se les estigmatiza de la peor manera.

Para mi hijo a solución fue poner a mi hijo exactamente del otro lado del “rudo” y sólo así estuvo en paz. Pero realmente ¿esa es la solución? ¿Y cuando separarlos no es suficiente, qué? y si en lugar de separarlos les enseñaran a respetar a sus compañeros desde esta edad, ¿no nos saldría más barato como sociedad?

No importa lo que digan de mi o lo que me digan, yo ya tengo el foco rojo prendido, por supuesto que no quiero que Mat sea víctima de acoso escolar, pero tampoco quiero que sea victimario, me aterra igual o peor.

Y ojo, la violencia no es por generación espontánea, se aprende!

 

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